martes, 14 de julio de 2009

La manera de ser


¿Alguna vez observaste le vaivén de las olas de un mar relativamente calmo?
A lo lejos se va formando, avanza con una determinación irresistible juntando cada vez más agua a su paso, creciendo y avanzando.
La ves venir, imparable y, por conocido, ya estás previendo el momento exacto donde va a romper, desbordando el caudal que porta e irá a derretirse lamiendo la faja de arena húmeda presta a recibir la caricia redentora.
Y se vuelca y se retrae.
Empuja y desempuja.
Adelante y atrás.
Y termina esa y ya llega la otra y, más atrás, otra que se viene formando.

Otras veces no se desbordan sino que hacen un montón de espuma entreverada que arremolina la arena, allí mismo en la punta del mar.

Lo que no cambia es su incesante vaivén.

Así es hoy la angustia mía.
Comienza en algún lugar determinado del alma y revienta unos segundos antes de la garganta.
Cuando es ola que se derrite, es una lamida que atenaza y se diluye hacia el estómago.
Cuando es ola de burbujas, un suspiro disneico me retumba los labios.

He encontrado, entonces, la manera de ser mar.

viernes, 3 de julio de 2009



Quiero contarte un secreto hoy para que mañana, cuando seas grande y la tristeza te agüe en las pupilas, no pierdas la esperanza.

Con el pasar de los años, a medida que le gambeteaba los cascotazos a la vida, se me empezaron a perder las risas.
De pronto me di cuenta que se me iban acabando y, a veces, pasaban días sin que la magia redentora del reír saltara por mi alma y me renaciera el cuerpo.
Entonces me puse triste.
Pero después me dije que tendría que buscarlas de alguna manera.
El tiempo pasaba siempre buscando yo, aunque fuera, una risa cada tanto. Pero una risa en serio, una risa de verdad, esa que te brota espontánea cuando te hacen cosquillitas muy adentro y se te explota la vida en un sinfín instantáneo de buenaventura.
Cada tanto la encontraba, me ayudaba tu mamá. ¡Y era tan feliz cuando lo lograba!

Un día me puse a pensar donde se habrían marchado esas risas, que antaño, solían poblar mis días y hasta mis noches de soñar.
Creí que era el destino de todos, que con los años y de tanto andar, se nos olvidaba el reír por mucho aprender a resistir.
Entonces lo acepté así y, todos los días, me pasaba acechando las horas para encontrar una risa.

Sin embargo hoy, cuando iba ya degustando mi enésimo reír, cuando sentí que el adentro se me desbordaba en tibiezas que me rellenaban los agujeritos del alma, me di cuenta que vos habías encontrado todas mis risas perdidas.
Y, además, me estás inventando risas nuevas, tan hermosas, tan llenas de mariposas, tan descubridoras que me has enseñado, a esta altura de mis años gastados, a reír desde el alma con el cuerpo entero.



Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Miguel Hernández.

viernes, 26 de junio de 2009

Como si fuera

Tengo en la piel regusto de estrellas.

Por ojos dos eclipses mal disimulados. Uno de sol, otro de luna.

Constelaciones enteras se anudaron a mis caderas y la cruz del sur, por cruz y por sur, en mi espalda marca el centro de la tierra.

A veces me siento tan vieja como el universo.

martes, 23 de junio de 2009

Hombre en sombras

Hoy lo vi otra vez, caminando como despidiendo ayeres nostalgiosos que le dan la bienvenida al mañana.

Gabriel tiene tres sombras. La de él y la de sus padres desaparecidos.

Sea como sea que le pegue la luz, la proyección de Gabriel nunca es finita, es una sombra embalada con dos rebordes que la contienen, oscuros paréntesis lado a lado; el uno mamá y el otro papá.

Lo criaron sus abuelos. Su niñez y su adolescencia las hubo de adolecer entre preguntas sin respuestas, en una espera continua y pertinaz que no lograba espantar.
Cuando era niño, a veces, se volaba de la escuela con su moña azul por alas y se convencía que sus padres estarían afuera, esperándolo a la salida, dándole la mayor alegría de su vida. La maestra lo sacaba de su ensoñación pero el seguía, ahora, con cosquillas emocionadas en la punta del estómago, deseando que el timbre avisara la hora de libertad para poder ver si su deseo se había cumplido. A medida que juntaba el cuaderno, los libros, los lápices y la goma para acomodarlos en su mochila, su respiración se hacía más fuerte, más fuerte y, casi temblando de emoción, comenzaba la salida del aula con pasos lentos. El camino hacia la puerta de la calle le parecía toda una eternidad. ¡Cómo quería descubrir la cara de sus papás entre la maraña de personas que iban a buscar a sus hijos!
Su corazón latía desenfrenado y, como cada vez, como cada día, parecía que se le iba a saltar del pecho mientras, febrilmente, buscaba y buscaba en un vaivén incesante de ojos y cabeza.
Luego, como cada vez, como cada día, su corazón se detenía, dejaba de latir dolorosamente por un instante cuando descubría la figura contenedora del abuelo. Mamá y papá no habían venido. Sus deseos y sus ruegos no habían servido para nada. Mamá y papá seguían desaparecidos.

El día que fue por primera vez al liceo, despidiendo la niñez escolar, dejó de esperarlos a la salida de clases.
Comenzó a verbalizar algunas preguntas, como queriendo comprender ‘por qué’. Porque había entendido que papá y mamá seguían desaparecidos.

Creció y decidió comenzar a armar el puzzle con las piezas que tenía: desaparecidos, política, dictadura, militares, guerrilleros, tortura, muerte, democracia.
No puede terminar de armarlo.
Comprendió que le faltan piezas: cuerpos, ataúdes, duelo, cementerio, verdades.

Creció y resolvió, mientras busca, vivir; pelearle al olvido transitando un presente preñado de futuro.

martes, 9 de junio de 2009

Un favor

Querido Martín:

Te escribo para pedirte un favor.
En una de esas, probablemente, no llegues a comprender las razones del discurrir de mis sentires, pero, he de decirte que, por momentos, yo tampoco las logro asir, como para poder manejarlas y no dejar que se me formen agujeritos en el alma.

A veces, cuando pienso en la gata gorda sola, encerrada y sin el afecto al que estaba acostumbrada… pucha… se me forma un nudo tan grande en la garganta que me ahoga. La imagino mirando el fondo, por el vidrio de la puerta, sin entender por qué ya no hay nadie que le permita salir a andar sus pastos, a refugiarse del calor debajo de la glicina; la imagino parada en dos patitas, rascando el vidrio pensando que, quizás, aparezca alguien que le destroce la soledad en la que ha quedado, alguien que le diga, que le explique esa ausencia que le debe doler más que su pobre espalda “descangayada”.
Pero, después siento, sé, que la gorda es como yo… llevamos, siempre, un pedacito del alma encerrado… como que estamos acostumbradas a lidiar con cárceles, propias o impuestas y, también siempre, vivimos aferradas a una esperanza.
Y es esa esperanza la que me redime de saber a Filomena tan desamparada.

Pero el tantontín de Bartolomé… el tantontín es diferente. Por perro y por macho.
He de confesarte que, también, lo siento y sé que no está bien
Jamás podré quitarme del alma la última vez que lo vi… cuando lo dejé. Parado contra la reja ostentando toda su torpeza de viejo adolescente, liberando al aire de la calle Estivao todo su oloroso ser, moviendo su cola rubia y mirándome con esos ojos de “hasta pronto, andá tranquila que yo me quedo esperándote”.
Claro, tantas veces había pasado lo mismo que él pensaba que yo iba a volver, y se quedó, guardián malhumorado, en su casa, con la gorda, mirando sus pastos a través del vidrio, utilizando camas y sillones en protesta para paliar soledades… esperando mi regreso.
Pero lo jodí.
Se quedó sin nada.
Nada le dejé. Se lo saqué todo.
Todo se lo borré de un plumazo.
Tan solo lo condené a la ausencia; esa de la que tanto sabemos los hombres y de la que nada entienden los perros.
Y ahora que el otoño ha empezado a caer por esos lados, ahora que las tardecitas se van vistiendo de frío y las hojas salen a abrigar la tierra, ahora, sé que el tantontín va a entender menos.

Por eso, te quiero pedir si podés llamar a Britos y preguntarle cómo está Bartolomé.
Me gustaría saber cosas de él: si come, si juega, si corre detrás de los pájaros, si le ladra a los ruidos peligrosos como defensor de su territorio…. si todavía le brillan los ojos…

¡Gracias desde ya!
Besos,
Katia

domingo, 31 de agosto de 2008

Agosto

Como tantas incontables veces te pregunté, ¿llevás la llave?, mientras iban incontablemente pisando la bajadita de casa hacia la reja y subir al auto.
Como tantas incontables veces esperé a que arrancaras, recibiendo los olores de una nochecita de fin de semana, y nuestras manos se tocaron en ese gesto de despedida cortita, hasta dentro de un ratito nada más.
Saliste con nuestra niña y su niñito, como tantas incontables veces, a hacer un mandado aquí cerquita.
Las tantas incontables veces que contienen esos gestos que van armando nuestras vidas, que la contienen amablemente en ese refugio que nos protege de los vendavales de las circunstancias; abrir la puerta, saber dónde está saltada la piedra laja para no pisarla, ¡cuidado que no se escape el perro!, deslizar la mirada de memoria por ese paisaje de calle y ciudad que es solamente nuestro. Amorosas rutinas que han ido formando una trama fuerte, que nos soporta humanos y así de frágiles.

Esta vez cerré la puerta y nada de esos haceres que brotan sin pensar pudo salir de mí. Casi no puedo creer que dentro de unas horas te vas del país.
Nuestra niña ha andado el día arrinconadita, de espaldas, cabeza baja como buscando algo perdido para no dejar ver esas lágrimas tercas que se le salen a medida que se acerca la hora. Nuestra niña grande que, a pesar de ser mamá, parece que se le esfumara el sueño de sentirse niña cada vez que viene a casa. Casa.
No quiero, en este preciso instante, ponerme a pensar en todo lo positivo, en que todo será para mejor, ¡lo vengo haciendo desde hace meses! Dejame ahora, por lo menos mientras escribo, gritar, llorar a mares, decir que no quiero perder lo que construimos, que estoy harta de despedidas, aullar que las ausencias duelen, que es mentira que es lo mismo cuando se pierde la cotidianeidad.
Dejame, por favor, decirte que tiemblo de dudas.
Estos 53 años son un montón... y tiemblo por vos, porque no sé si yo voy a poder colgarle a nuestra niña una despedida más y empezar a enseñarle a nuestro niñito de ella cómo se dice adiós

martes, 15 de abril de 2008

Pelea

Verano se peleó con Otoño.

Otoño andaba medio remolón y Verano seguía con ganas de estirarse para marchar, casi, sin que se notara.
Otoño iba a entrar suavecito, coloreando y desparramando como azúcar morena sus frescos atardeceres maravillosos, esos que sueltan las cosquillas por el tiempo cambiante, con ganas de arrebujarse en un saco de lana y un par de medias que están guardadas en algún estante.
Otoño sabe que es uno de los momentos de cambio más lindo aquí bajo este cielo, y siempre se arregla bien con Verano, que se retira ya un poco cansado de tanto trabajo que le da llegar, conquistando al sol cada día hasta el mismo cenit, porque aquí trabaja con ganas para verse reflejado en las aguas que siempre lo devuelven, esplendente, en su sureño ser.
Pero esta vez, Verano venía un tanto envenenado y, como siguió dándole a sus entreverados pensamientos y peores sentimientos, terminaron en una terrible discusión.
¿Cuál fue la razón? Primavera, obviamente.

Es que ella no conoce a Otoño, y se maneja muy bien entre Invierno y Verano. Permanece cálidamente protegida entre las caricias y los sabios consejos de un veterano Invierno, que la adormece en ensoñaciones fantásticas, hasta que llega su momento de andar; entonces, ya Invierno rendido y feliz de su labor con la fémina, sale ella envuelta en su esplendor y, aprontándose para las tareas más bonitas, se apronta también para dejar entrar al impetuoso doncel que llegará a tomarla como la maravillosa hembra que es y la penetrará hasta hacerla suya en un Verano exultante de gozo y asombros.
Pero resulta que, a veces, a Primavera le viene nostalgia por no conocer a Otoño, y le encantaría saber cosas sobre él: que si son de la misma edad; que si la piensa; que si Verano le ha contado sobre ella; que si le gustaría conocerla; que si no está cansado de compartir siempre todo con Verano e Invierno; que si está enamorado de alguno de ellos; que si está enamorado de los dos; que si Invierno lo dejaría extenderse tratando de no ser tan Invierno, y dejarlo alcanzarla aunque sea con la puntita de sus dedos alguna vez para poder tocarse ...
Y así, entre tanto pensar, se le ocurrió desgranar preguntas a Invierno que éste le fue respondiendo casi sin darse cuenta, porque entre su tarea de dormir las cosas y preparar a Primavera para enseñarle a ser cada vez más hermosa gozando de ella en su obra, se le agitan los pensares y va contestando como no prestando mucha atención a las preguntas de Primavera. El sabe, por viejo, que nada jamás cambiará, y deja a la joven Primavera que sueñe con imposibles, porque además eso le pone un color tan indescriptible en sus mejillas y un brillo tan majestuoso en sus pupilas, que él sabe, entonces, que será ese año más anhelada aún de lo que fue el año anterior.
Por eso Primavera es así, porque entregándose descarnadamente, ferozmente, a un joven y temperamental Verano, allá atrás está pensando en ese misterioso Otoño que jamás ha conocido ni conocerá, pero que imagina permanentemente en sus sueños de despertares, de mariposas y golondrinas, de jazmines y picaflores, de aguas mansas y torrentosas cascadas de peces nadando contra la corriente.
Pero resulta que esta vez, a Primavera se le ocurrió hablarle a Verano de Otoño ... y allí se complicó todo.
Primero Verano le respondió sin darle mucha importancia a las preguntas de Primavera, pero luego, cuando éstas comenzaron a hacerse más frecuentes, Verano, en su calidad de hombre amante comenzó a molestarse, sin lograr entender nada de lo que Invierno sí entiende de la joven Primavera y sus sueños.
Comenzó a ponerse celoso.
Una noche de Diciembre, cuando Primavera dormía dejando que el calor de Verano meciera sus sueños y los de la Tierra, éste pensaba y pensaba y casi enloquece imaginando a su Otoño rozar con sus pupilas de miel las pupilas aguamarinas de Primavera. Tan celoso se puso que decidió enfrentar a Otoño y prohibirle pensar siquiera en la doncella.
Fue así que, ida la fémina a reposar para su futuro despertar, Verano retozó y pensó, y allá cuando fue a despertar a Otoño, empezaron las recriminaciones y los ataques. Pero el pobre Otoño no entendía nada de nada, porque él, al contrario de Primavera, jamás había pensado en nada que no fuese lo que es y nunca había atisbado la más mínima diferencia en las cosas que ya son de una manera y es la manera en que él es tremendamente feliz y no pretende cambiarla.
Verano y Otoño siguen discutiendo.
Otoño, que está muy dolido, ha comenzado a llorar, y Verano, que está retrasando su ida, con el retumbar del fresco otoñal y esas lágrimas, convierten esto en una humedad desagradable y el solcito de Otoño casi ni fuerzas tiene para dar calor a una tierra que debe de guardarlo para cuando llegue el Invierno.
Toda esta pelea que tienen estos muchachos por la muchacha que nos ha sabido regalar una primavera magnífica, hace que este tiempo en ocres no sea de esos casi perfectos que nos ayuda a encarar la llegada del veterano Invierno.

Estas cosas siempre se arreglan sin la intervención de nadie, así que será cuestión de aguantar y el día en que despertemos y veamos un bellísimo tiempo otoñal brillar de miel y canela en la ventana, será entonces que Verano y Otoño se han arreglado y todo retornó a la normalidad.

sábado, 1 de marzo de 2008

Fideofinofideogrueso

Ya me cansé.
Hemos dado demasiadas vueltas en redondo y comienzo a sentirme mareada, casi al borde del vértigo, lo que implica una sensación no demasiado agradable hoy.

Cuando yo era una niña -bastante "varonera” al decir escandalizado de mi madre que me metía en primorosos vestiditos de tul cimbreando una varita de mimbre que lograba mi quietud absoluta como por encanto- jugaba a sentir el vértigo.
Era verdaderamente emocionante.
Nos poníamos de acuerdo entre dos niñas y, secándonos las palmas de las manos que ya comenzaban a sudar frente al cosquilleo de lo que íbamos a provocarnos, nos parábamos una frente a la otra.
Nuestros ojitos desparramaban una alegría loca, soltábamos pequeñas risas entrecortadas y afirmábamos los pies con toda el alma contra el piso, con las piernas abiertas en el adecuado ángulo que sería capaz de sostenernos.
Así nos mirábamos a los ojos, profundamente corto, haciendo implícita la confianza ciega entre ambas.
Cruzábamos los brazos delante de nuestro cuerpo y nuestras manos se agarraban, entregándonos, en el momento en que nuestros dedos se entrelazaban, a la capacidad de la otra para poder sostenernos y a la propia para poder sostener.
Allí comenzaba, entonces, el giro; lento, de pasitos cortos, las manos de la una aferradas a las de la otra, con fuerza y echado el cuerpo para atrás en un ángulo bastante peligroso, confiando en el justo equilibrio de equipo y, una vez alcanzado el balanceo exacto de los pesos de los cuerpos en juego, el girar comenzaba a hacerse más y más veloz, más y más veloz, cada vez más.... hasta que el grito de una de las giradoras avisaba que no aguantaba y, como se pudiera, nos íbamos frenando. Lograr parar sin caer era de expertas (yo siempre lo lograba) y en la parada, comenzaba el vértigo.
Entre risas histéricas y luchando para que el aire lograra llegar a los pulmones, disfrutábamos de esa sensación asquerosa de que el mundo nos daba vueltas y el piso seguía girando en la planta de nuestros pies aunque nosotras no nos estábamos moviendo.
Allí no se podía abrir los ojos. Corrías el riesgo de mirar las cosas dar vuelta y caerte redonda al suelo.
Yo siempre quedaba parada, medio ahogada por tanto esfuerzo y con los ojos bien abiertos, mirando el mundo pasar rápidamente, tanto que el estómago se me apretaba hasta el dolor, pero disfrutaba ese vértigo provocado y, mucho más que eso, de la cara de respeto increíble de las niñas que me rodeaban y no eran capaces de hacer ni lo mínimo que yo sí podía.
Es por eso que sólo lo hacíamos con una amiga de verdad; de hacerlo con una "enemiga" se corría el riesgo de terminar escrachada haciendo surf por el pedregullo de la plaza o por el hormigón de alguna calle.
Y de "retar" a alguna enemiga, había que tener demasiada seguridad de que una iba a tener más poder sobre la otra para hacerla "morder el hormigón" (cosa que te confieso supe hacer muchas veces; más que por poder físico, por poder de haber aprendido, mediante la práctica, cuándo, exactamente, dejar que confiaran, entregaran el cuerpo en el giro preciso y luego soltar las manos en un envión calculado y hacer volar, literalmente, a la contrincante por los aires hasta aterrizar en el duro y pelador de rodillas piso del vértigo).
"Fideofinofideogrueso" se llamaba el jueguito. Y tenía una vuelta por el pescuezo; justo ahí volaban....
Nadie desconocido jugaba conmigo. Yo era imbatible. Sólo lo practicaba con mis amigas, que confiaban hasta el descaro en mí y sabían que yo sería capaz de sostenerlas aunque eso me llevara a una caída fea y dolorosa. Jamás solté a una amiga. Prefería tirarme en el calculado momento para que cayésemos las dos sin mayores desarreglos, ni de piernas rasguñadas ni de polleras manchadas.

Pero he dejado ya de ser niña. Y por haber dejado, el vértigo acude cuando se le antoja y no cuando yo quiero que venga porque me pongo a jugar. Entonces, al haber perdido ese poder del querer por haber crecido, y por haber crecido, ya no puedo acomodar la carga; porque es mucha y porque no me gusta que llegue cuando, de pronto, estoy acuclillada armando los paquetitos que debo de sostener y el vértigo me hace rodar y en esa rueda-rueda se me entreveran los tantos que con tanto trabajo armo y rearmo cada tanto.
Como si estuviese yo construyendo un castillo de naipes que se hace añicos tan sólo con una mirada de un atento y desaprensivo mirador envidioso.

No sé quien sos. No sé que querrás exactamente; o que diablos estás buscando. No sé que te impulsa. No sé que te inspira ni qué es lo que te empuja. No lo sé.

Quiero saber, solamente, si serás capaz de entregarte a mis manos y sostenerme, en el justo equilibrio, cuando nos demos una vuelta por el pescuezo.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Listo

La grasera se tapó y se le dio por desbordar su pútrido contenido justo cuando Amelia estaba lavando las mamaderas de Rodrigo. Eran cuatro, que deberían quedar prontas, para alimentarlo a lo largo del día que venía preñado de tareas y promesas.

El niño ya estaba listo para ir a descubrir mundo en sus cuatro horas de guardería. Listo se escribe con cinco letras que, decididamente, no contienen todo lo que ello implica.

Listo resume, acopia, compendia, acomoda una tarea que lleva mucho tiempo y mucho más de entrega de amor y responsabilidad que, paradójicamente, no tiene tiempo mensurable.
Amelia tenía la cabeza a millón con los mismos problemas de dos, esos que comparten con Manuel en su proyecto de vida y familia, pero con la diferencia, menuda diferencia, de que Manuel se desentiende del cotidiano de Rodrigo y encara el camino anteponiendo su propio proyecto, que dizque, ayudará al amoroso proyecto común.

Listo porque Amelia, despegándose un sueño terco de las pestañas que se empecina en cerrarle los ojos al no haber tenido tiempo de concretarlo -porque Rodrigo está pasando la etapa de los terrores nocturnos y hubo de acunarlo y contenerlo, batallando contra lo terrible y ganando a fuerza de amor e instinto de hembra- lo despertó con la diaria melodía que los vuelve cómplices cada mañana: “buenos días su señoría, mantantirulirulá”

Listo porque Amelia le siguió hablando y contándole de lo hermoso que iba a ser el día, alentándolo, mientras le daba su mamadera tibia.

Listo porque Amelia, en plena etapa de enseñanza para el abandono de los pañales, lo llevó al baño, haciendo grandes alharacas y palmeando, contentísima, al ver que Rodrigo había aguantado su noche y desahogaba sus ganas contenidas, reflejando un paso más en su maduración. Y lo premió con risas y sonrisas, y le dijo que era un niño hermoso y le dijo que sus papás estaban muy orgullosos de él, y le dijo que papá se iba a poner más contento que mamá cuando se lo contaran, y le dijo que en la noche le contarían a papá esa verdadera hazaña de Rodrigo.

Listo porque Amelia, mientras hacía las camas para los tres, ordenaba el desorden de los tres, lavaba la cocina de los tres, lavaba la ropa necesaria de los tres, planchaba lo urgente de los tres, planeaba la comida para los tres, iba interactuando con Rodrigo sin quitarle su atención ni un instante; esos instantes tan peligrosos para los niños, que pasan por el canto de una mesa o un enchufe.

Listo porque Amelia salió a hacer las compras necesarias llevando a Rodrigo y le contaba que salían en una mágica expedición de avituallamiento, mientras saludaba vecinos e iba enseñándole a Rodrigo qué se puede tocar y qué no, que está bien y qué está mal, en un rosario permanente de aprobaciones y desaprobaciones.

Listo porque Amelia había hecho el almuerzo adecuado para Rodrigo y, al alimentarlo, su hijo presumido pintor de vanguardia, había plasmado una naturaleza por el piso, la silla, la ropa y algún juguete; muestrario de zapallo, papa, espinaca y dentados pedacitos de carne.

Listo porque Amelia lavó minuciosamente a Rodrigo mientras éste tiraba el frasco de shampoo, que le había llamado la atención por su colorido y que Manuel había dejado, displicentemente, a la mano del niño. Entonces, pegadito al elogio del buen comer, hubo de largar el rezongo, la explicación, el “no” tan temido, el “eso no se hace” y, frente al incipiente berrinche del niño, sacarlo y distraerlo en la tarea de vestirlo.

Listo porque Amelia tuvo que resolver qué ropa ponerle, puteando mentalmente porque no había podido lavar el conjunto que, para ese día, hubiera resultado ideal, pero con el escaso tiempo del que disponía y la empecinada humedad del otro tiempo, estaba durmiendo en el canasto de la ropa sucia.

Listo porque Amelia, mientras lo sentaba en el centro de la cama grande con algunos juguetes preferidos, le hacía carantoñas, imitaba osos, pájaros y creaba canciones con Rodrigo de protagonista, se vestía ella. Gran y amorosa payasa que intentaba encontrar la manera de hacer algo para sí misma mientras capturaba, a las risas, la atención de su hijo. Y repasaba mentalmente las respuestas que debería dar en el examen que justo ese día tenía; examen de una corta especialidad que cursaba para no postergarse y poder salir al mercado laboral con las herramientas adecuadas.

Listo porque Amelia se había preocupado y ocupado de armar el bolso para dejar en la guardería, atenta y atentísima para no olvidar nada que Rodrigo pudiese necesitar en esas culposas horas sin mamá.

Así de listo estaba Rodrigo cuando a la grasera se le dio por desbordarse.
Amelia sintió ganas de llorar.
El litro de leche, hervido las sacrosantas tres veces, esperaba en el hervidor para ser trasegado a las mamaderas. El trozo de limón esperaba para dar el equilibrio necesario con sus tres gotas en cada recipiente.
Era sencillo: o se quedaba a limpiar y perdía todo lo encaminado, incluido su examen, o lo dejaba y continuaba con lo previsto.

Llenó las mamaderas, colocó dos en la heladera y dos en el bolso, le gritó un “¡no!” rotundo a Rodrigo cuando intentaba entrar en la pequeña cocina y prefirió el llanto del niño a tener que dar explicaciones porque el tiempo se le perdía irremediablemente.

Con la cartera colgando de un hombro, con el bolso del otro, con una carpeta con sus papeles y libros, con el oso Pluf que su hijo jamás abandonaba y con Rodrigo, todo eso junto encima, esperó el bus y se apretujó con la maraña de gente que, siempre, desbordaba la línea del transporte colectivo.
Dejó al niño despuntando las respuestas que intentarían hacer volar esa culpabilidad por dejarlo.
Llegó a clase, rindió el examen y, corriendo sin tiempo de compartir un café con los compañeros en comentarios obligados, con ganas de abrazar a su cachorro, llegó a la puerta de la guardería. Allí cambió el disco mental de sus estudios, que le ocupaban los pensares, y se volvió mamá; sólo importaba Rodrigo y su día, su cómo había pasado, las pequeñas enormes noticias que la maestra le daba como referente de esas cuatro horas interactuando con el mundo.

Igual de cargada volvió a desandar el camino en un bus aún más repleto que el anterior y cobijador de todos los malos humores de aquellos que vuelven; cansados, deseosos de arribar, individuales. Pero ahora empeorado porque Rodrigo, cansado también de sus andanzas de futuro adulto, se le dormía y ella, sin conseguir asiento, parada, bamboleaba su fuerza protegiendo la entrega de su hijo.

Llegó a su hogar con los pies convertidos en un universo de vidrios molidos y rezó para que su niño no se despertara cuando lo colocó en la cama. Necesitaba una media hora para limpiar el desastre del agua podrida de la grasera que había invadido la cocina.
El olor era insoportable.
Se sacó la ropa arrancándosela y acometió la tarea de limpieza.
Lo logró.

Y otra vez lo mismo. Tarea de limpieza. Tres palabras. Si agregamos ‘de la grasera’, nos quedan seis. Por aquello de que tal vez a más palabras más trabajo, pongamos “tarea de limpieza de la grasera, destapándola, y limpieza del piso de la cocina y los bordes de la pared donde el agua inmunda había retozado”

Siguió cuidando de Rodrigo que se despertó reclamando atención, comida y mimos. Cocinó la cena. Dispuso la mesa.

Cuando llegó Manuel ya todo estaba pronto para ser disfrutado.
La televisión prendida.
El hijo comido, bañado y dormido.
Su mujer sirviéndole la cena, de la cocina al comedor y del comedor a la cocina.
El diálogo se dio escuchando Amalia las novedades de Manuel y todos los vericuetos de su trabajo y su profesión.
Terminada la comida, Manuel se fue al dormitorio y Amalia recogió las cosas de la mesa, organizó la cocina para lavarla al otro día, pasó por la cama de su hijo bendiciendo su sueño y rogando por una noche sin pesadillas y fue tras su esposo.

En el dormitorio, una percha con la camisa de Manuel, impecablemente planchada, con su correspondiente corbata, adornaba la puerta del placard a la espera de la mañana siguiente.
Una cama bonachona y cálida, perfecta en sus estiradas sábanas, esperaba el conjuro mágico del amor.
Amalia se tiró con ganas sobre ella, sintiendo un cansancio casi doloroso pero decididamente feliz de poseer la maravilla de una familia y tanto amor.
Se le escapó un suspiro y, mirando a Manuel quiso ella, ahora, contarle de su día.
Estoy cansada, dijo, pero contenta.
El asombro se dibujó en los ojos del esposo. La miró y, sinceramente, le respondió: ¿pero cansada de qué? Si no tenés nada para hacer, si vos no trabajás, si yo te lo doy todo y me ocupo de todo lo que necesitás. ¡Yo sí que estoy cansado!

Y Amalia le creyó.

lunes, 18 de febrero de 2008

Las primeras sangres

A veces, los resabios y las actitudes machistas me crispan tanto que no puedo esconder un enojo grandote, una rabia sucia que tengo clavada y que sé, no podré diluirla jamás. Ya le he limado, claro, he intentado pulirle las aristas dañosas pero, por clavada, cada vez que se me escurre me hace estremecer por esa no posibilidad de volver a aquellos días y gritar, exigir, hacer respetar mis derechos de persona.
Yo ya sabía que, en algún momento, iba a comenzar a menstruar. Tanto por la tímida explicación de mi madre (que peleaba contra una educación recibida a principios del siglo pasado, pero francamente del siglo XIX) como por la acción educativa de mis dos hermanos, estudiantes de medicina y de 20 y 24 años respectivamente.
Cuando apareció la menarca, ella me sentó en el borde de la cama y me largó una extenuante charla sobre la higiene, y la higiene y la higiene y la higiene; había que lavarla, lavarla, lavarla, lavarla.
(Hoy, ya menopáusica, mi ginecólogo me dice, no te laves tanto, no te laves tanto, no te laves tanto que brilla más que mi espéculo!!)
Luego se levantó, abrió el ropero, se metió en sus entrañas y extrajo un prolijo montoncito de telas y, cosa rara, también su costurero.
Me explicó: esta tela que parece una toallita chiquita es la que tiene que quedar hacia arriba, en contacto con la piel; vos la doblás al medio a lo largo, así, y le vas colocando, como si fuese un sándwich, las otras telas lisas (que eran restos de sábanas viejas y que absorbían menos que papel satinado), tantas como te parezca que vas a necesitar; después, con aguja e hilo, le cosés el lado que tiene abierto para que no se muevan, así, y después agarrás estos dos alfileres de gancho y prendés las puntas a la bombacha, uno adelante y el otro atrás.
Me observó mientras yo cosía primorosamente el sándwich, me fue guiando para que no le diera puntadas demasiado apretadas y, cuando estuvo terminado el armatoste, me entregó los alfileres y me mandó al baño.
Como pude, armé todo dentro de mis calzones (luego de lavarme mucho, mucho, mucho) y salí del baño caminando como si estuviese montando un pony.
Pero no me importaba, ¡yo ya era mujer y esas eran los sufrimientos y abnegaciones que justificaban la existencia de la mujer sobre la faz de la tierra! Pero allí no terminaba la cosa.
Antes de que pudiese alejarme, me llamó y nos metimos en el baño. De atrás del inodoro sacó una enorme pelela blanca (encima tenía que ser blanca y me cago en los colores) y pasó a darme la siguiente lección: vas a tener que lavar todo lo que ahora te pusiste, pero la sangre no es nada fácil de sacar, así que tenés que dejar las cosas en remojo; cuando veas que ya es necesario cambiarte, vas y preparás otra muda de tela, bien prolija, después venís al baño, te cambiás y separás todas las telas y las vas enjuagando una por una; después que las enjuagues, las lavás bastante con el jabón de lavar y las volvés a enjuagar; y después, recién ahí, preparás, dentro de la pelela, agua con jabón en polvo y dejás los trapos para que queden bien limpios; después escondés todo bien escondido ¡qué no lo vayan a ver ni tu padre ni tus hermanos! y te fijás que no quede ni un rastro de lo que estuviste haciendo; después, cuando veas que nadie precise el baño, antes preguntás para saber que tenés tiempo, sacás todo del remojo y lo lavás bien, bien lavado y, recién de noche, cuando nadie te vea, lo tendés en la cuerda para que se seque, pero tenés que levantarte temprano para destenderlo para que ni tu padre ni tus hermanos vayan a ver esta asquerosidad.
Y así lo hice, abnegadamente. Cuando mis dedos se pegoteaban, luchando por romper el hilo y hacía piruetas para no mancharme ni manchar nada, vencía un primigenio asco repitiéndome que sólo una mujer era capaz de tanto sacrificio; como me había enseñado mi mamá.
Así pasaron dos o tres lunas, hasta que comenzaron las clases y, para mí, ¡de liceo! Más contenta no podía estar.
Un día de esos, de intercambios adolescentes, entre complicidades y solapadas competencias, esgrimí mi recién estrenada condición menstruante y ya se armó el grupito de las "mayores" frente a las disminuidas compañeras que aún seguían siendo "niñas".
Habla que te habla, una de mis amigas "mujeres" hizo un comentario escondido sobre la compra de los absorbex ... ¡y yo me quedé muda! ¿¿Absorbex?? Con el mayor de los disimulos, ostentando un cancherismo de vieja menstruadora, logré arribar al conocimiento de tales adminículos. Alguien me preguntó quién me los compraba y yo, con una vergüenza que me quemaba los cachetes, respondí que mi mamá. De sólo imaginar lo que podría provocar en mis amigas contar cómo absorbía yo mi derecho de mujer, me hizo doler el estómago.
Comencé a volar hacia mi casa mientras imaginaba lo precioso que sería poder usar esos maravillosos absorbex sin tener que andar pringándome los dedos y las manos, y colgando a escondidas y descolgando para que no vieran.
Llegué y me desenvolví en palabras y cuentos con mi madre, pensando, creyendo, jurando, convencida que, por alguna trampa extraña del destino, mi mamá desconocía la existencia de tal prodigio de la tecnología y, al saberlo, correría a la farmacia para proveerme (y proveerse) de algo que nos haría mucho más libres.
Grande fue mi sorpresa frente a la reacción de la mujer que me parió. Y grande sigue siendo, aún hoy, cuando pienso cómo pude aceptar, sin chistar, el oprobio de tener que seguir lavando trapos ensangrentados, para poder volver a usarlos, durante años, en una época en que eso ya se había terminado mucho tiempo atrás.
Ella me dijo: son caros; acá se precisa toda la plata para que tus hermanos estudien, lo menos que podés hacer vos para ayudarlos y ayudarme es lavar dos trapos una vez por mes.

domingo, 17 de febrero de 2008

Ayer

Te entiendo.
Te juro que te entiendo.

Ya todos los poetas de todos los ayeres han intentado cincelar las palabras que esbocen, apenas, el críptico arcano del enamoramiento.

Yo sé cómo te sentiste. ¡Cómo no voy a saberlo!
Se te encendió la piel y se te anudaron cosquillas juguetonas en el cuello que te hacían volverlo a cada instante, buscándola, con la risa desbordándote los ojos. Cuando la veías sin que ella te mirara, le dejabas caer tu mirada, asombrado, por todo su cuerpo y tu mente estallaba en incontenibles deliciosas emociones vibrando hasta la misma punta de tus pies. Cuando se veían, cuando tus pupilas se encastraban con las de ella, sentías un fluir entre ambos que se te volvía casi tangible; la maravillosa primigenia comunicación donde las palabras sobran, porque hablan, a su modo, espíritu, materia y las ganas de dejarse caer rendidos en el tálamo de todos los placeres.

Las manos se te volvieron urgentes. De tanto ansiar recorrerla a ella, en ese descubrimiento moroso de a centímetros, y no poder, se te ponían a hacer cosas sin que te dieras cuenta y, entonces, tomabas café, y sostenías papeles que no necesitabas, y acomodabas cosas, y te sacabas la corbata y te la volvías a poner.

Y las campanas doblaron a gloria cuando te diste cuenta que a ella le sucedía lo mismo.
¿Y por qué dejar pasar eso tan humano, tan perfecto, tan inasible en la rígida racionalidad con que lidiamos a medida que la vida avanza?

Diste paso a tu alma y se fundieron, al fin, en la acabada maestría de compartirse. Todo cumplió con lo imaginado y más.
Te sentiste renaciendo en su entrega, en cada uno de sus gestos, en su risa, en sus olores, boca a boca traspasándose el aire vital.
Te encontraste ejerciendo el hoy con más ganas que nunca, estallándolo como a vos mismo en cada orgasmo, tejiendo la trama del mañana con asombros, picardías, secretos, risas, y la boca ardiendo de tantos besos.

Pero, te olvidaste que todos, también, tenemos un pasado.
Un pasado al que no se vuelve.
Seguí dedicándote al hoy con los mañana que él traiga y, cuando quieras, comenzá con uno nuevo, como comienza cada día generando ayeres absolutos. De eso se trata el enamoramiento. Sólo sentir hoy y mañana y, cada tanto, convertir el mañana en hoy, recomenzando.
Yo estoy en ese pasado. Allí me dejaste vos.
Yo creo en el amor.
Yo soy ayer por hoy para mañana.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Casi una catedral

El zaguán era enorme. Siempre tenía yo la sensación de caminar por la entrada de una iglesia, tal era la reverencia que me provocaba.
Si miraba hacia abajo, el piso -desde la puerta de entrada hasta el arco majestuoso que dejaba ver la magia de un jardín de maravillas- estaba recubierto de baldosas negras y blancas, como las del tablero del ajedrez de mi padre. Daba una sensación exquisita mirarlo. Un cuadrado negro y otro blanco; un cuadrado negro rodeado de blancos y uno blanco rodeado de negros; todos blancos en diagonal, todos negros en otra diagonal. Y cada baldosa refulgía más que la otra en su impecable limpieza, que le ganaba a todos los insectos de la tierra, a todas las suelas que las andaban desde una punta a la otra, a los pelos del gato y hasta a los pétalos de las flores que se desprendían con un viento malhumorado.
Nunca podía yo saber cuáles me gustaban más, si las blancas como pedacitos de nubes o las negras brillantes como la obsidiana más pura. Mi pie enfundado en algún zapatito de niña, entraba entero y le sobraba baldosa a montones para todos lados; de costado o en diagonal. Yo me entretenía eligiendo, para ese día, cual color me representaría cuando jugara en el zaguán.

Si miraba hacia arriba, un techo abovedado con formas de sortilegios repujados en el cielo y que bajaban hacia las paredes, me daba la bienvenida de su misterio sabiendo que yo jamás podría llegar a tanta altura.
Desde su mitad exacta, contada con pasos de esos que se dan colocando el talón de un pie delante de la punta del otro y caminando derechito, un cordón enormemente grueso y trenzado, como el cinturón sublime del cura de la iglesia, culminaba con la bola de vidrio labrado que escondía la desnudez hiriente de una lamparilla eléctrica, que se encendía para espantar las sombras del zaguán cuando la noche entraba para hacerlo dormir.
Ese techo no era blanco como las baldosas blancas, sino de un color crema que, al mirarlo, siempre me venía hambre de vainillas. Me imaginaba una bandeja alargada llena de crema de caramelo, dónde la magia de una madre había dibujado esas formas para decorar el manjar. Pensaba que quien hubiese hecho tantos dibujos armónicos y simétricos, todos de suaves maneras redondas, estaba decorando con ahínco de delicias. Era mi cielo decorado. A veces, hasta me daba la sensación de que si pudiese tocar alguna de sus volutas, éstas se hundirían a la presión de mis dedos curiosos; casi no parecían de techo duro todos esos adornos.

Si mirabas a los costados, te olvidabas de las paredes porque te deslumbraban las dos puertas, una de cada lado de ese pasillo, que desplegaban una magnificencia tal que no podías dejar de mirarlas. Una daba al dormitorio de mis padres; la otra al comedor de la casa. Eran de esas puertas que son dos puertas, porque tenían doble hoja. Los días comunes, estaban abiertas al paso con una de sus hojas, pero en días de alguna celebración, ambas hojas eran desplegadas hacia atrás, permitiendo una entrada principesca a cualquiera de los aposentos al que te dirigieras.

El cuarto de mis padres ornaba su primera mirada con una cama enorme, de impresionante acolchado celeste con volados que acompañaban a la perfección el lustrado a mano de la madera a la que habían oscurecido en un tono exacto entre ámbar y miel. El piso, de largas maderas pulidas y enceradas, tenían ese efecto que a mi tanto me gustaba, y era el de verme reflejada, en una figura extraña, cada vez que mis ojos lo miraban. Y estaba el toilette, que tal y como un pavo real, se erguía señorial mostrando ufano un espejo más grande que él mismo; y allí, justo allí, los elementos de la figura femenina de su dueña: un espejo de plata boca abajo con su cepillo haciendo juego -ese de cepillar el pelo cien veces cada noche, cincuenta para un lado, cincuenta para el otro- ; un cofrecito de plata que guardaba los misterios de mi imaginación porque no me permitían abrirlo; y una cosa rara, muy rara que era de cristal y plata, y de la que salía una especie de goma y terminaba en una burbuja toda envuelta en una redecilla fabulosamente trenzada y, que si la apretabas, salía el perfume que contenía la rica y tallada vasija panzona de cristal. Vaporizador de perfume decía mi madre que era, pero yo tampoco podía usar ese perfume, porque no era para niñas. Pero yo solía, a escondidas, hacer morisquetas delante del espejo, sentada en la banqueta y moviendo el vaporizador como si me pusiese perfume, imitando a mi madre, y me imaginaba la nube de fragancia exquisita que algún día acariciaría mi cuerpo. Porque claro, también había una banqueta para sentarte delante del tocador y dos sillas haciendo juego, de la misma madera y con el mismo tapizado de seda con rombitos repujados. Cada implemento estaba depositado sobre el mueble y cada uno de ellos tenía su correspondiente carpeta sumamente arrepolladita en un trabajo de fino crochet que daba gusto mirar. Todo resplandecía. Las cortinas de las inmensas ventanas eran deslumbrantemente blancas, pero no llegaban hasta el final, sino que, en un fruncidito que asemejaba el tutú de una bailarina de ballet, dejaban al descubierto los tres últimos vidrios, allá arriba casi cerca del techo, donde el cristal de la ventana sin cubierta alguna, se desparramaba de luz mostrando el follaje del frondoso árbol de la calle.

Pasaban otras cosas en el comedor, pero eran casi las mismas. No era lo mismo pero era igual. El piso allí se mostraba más orondo que en el dormitorio, porque allí no había gruesas alfombras persas de intrincadísimos dibujos, entonces refulgía en la brillantez del encerado de los listones de madera que lo hacían parecer casi vítreo. Yo ensayaba todos los tipos de pisadas; suavecitas para que no se notaran pero siempre un clac se escapaba de mi suela, y otras veces -esas cuando nadie me veía- dibujaba pasos de tap tratando de que mi punta y mi talón desprendieran una música rítmica que bailaba alrededor de la mesa. Esa mesa era la que ocupaba el centro de la habitación, pero el tesoro más preciado era un cristalero que mostraba a los cuatro puntos cardinales la magia de los artífices del cristal, en un juego de incontables copas de todo tipo que yo solía observar imaginando qué clase de líquidos se serviría en cada una de ellas. Estaban como encerradas en esa caja de cristal de enormes vidrios corredizos que eran una maravilla para la época. Y el trinchante, ese que también se adornaba con un espejo biselado que le daba un acabado casi perfecto y guardaba en sus cajones y sus puertas todas las cosas inglesas que habían llegado a casa para regocijo de una mesa bien servida. Desde el juego crema decorado con delicadas flores azules hasta la infinidad de cubiertos de plata con de todas cosas para coronar un buen servicio. El centro de la mesa lustrada a mano siempre ostentaba un enorme florero con un arreglo de flores frescas que le daban a la habitación un toque de color y alegría además de pregonar por todos lados el aroma de sus pétalos.

Y desde el zaguán se sentía la combinación, que resultaba perfecta, de los aromas todos juntos que se volvían un perfume particular y harto agradable para respirar bien hondo. La cera que había abrillantado los pisos, el lustramuebles que quitaba el polvo de la madera trabajada y protegía olorosamente las vetas, los vidrios resplandecientes, las cortinas lavadas y blanqueadas con aquella pastillita de "azul" coronadas con su vestido de lavanda fresca, las flores, el agua, y todos los olores que el sol hacía salir de cada rincón verde constatador de vida permanente.

En ese tiempo, recuerdo, yo llegaba pasando un poquito la altura de las puertas, allí donde comenzaban los vidrios. Si me paraba delante, mis ojos quedaban a la altura donde justo el artesano colocador de transparencias había trabajado con su masilla para casar ese vidrio en perfección con la madera. Era también donde justo estaba calzado el picaporte, así que cada vez que cerraba o abría alguna de las puertas, mis ojos admiraban esa masilla encastradora de vidrio y madera, y mientras mi manita accionaba ese picaporte perfectamente aceitado y que parecía haber nacido junto con la puerta en su cerradura, con los otros dedos acariciaba, de lado a lado, de marco a marco, esa pasta que hasta tenía el mismo color de la madera. Es que me gustaba pensar quién habría sido capaz de interpretar de manera tan perfecta una puerta así. Daba gusto como todo era perfecto en ese mi zaguán nave de mi iglesia privada.

Y fue ahora, justo en el mismo momento en que, cerrando la puerta que daba al comedor y quedándome con el pestillo desvencijado en la mano, miré, cuarenta años después, esa masilla que aún seguía firme y colorida a través de la mugre y el polvo acumulado de los años. Creo que allí tomé conciencia, al girar mi cabeza que de pronto quiso volver a tener ojos de niña, que el zaguán era simplemente un pequeño pasillo mugriento, descascarado, con trozos de techo caído en sus inmundas baldosas gris mugre y gris tristeza, donde las cucarachas y las ratas, junto con los ratones y las más grandes arañas, habían tomado posesión de mi pasado de princesa. Me dio el tiempo, fugazmente -porque no se necesita demasiado- para ver sus pisos hundidos y con más polvo del que pudiesen soportar; las cortinas raídas y hechas trizas colgando hacia el suelo como indefensas mantillas mancilladas por el diablo de un pasado que no se supo y no se quiso conservar, entregadas en el suelo ayudando a las enormes telas de arañas con bocas de cuevas más grandes que mi boca de espanto; las paredes ya casi sin sostenerse, mostrando sus vísceras de ladrillo allí, donde alguna vez, supo haber una hermosa pared de sol con un cuadro al óleo abriendo la vida hacia paisajes desconocidos.

Mi niña volvió por un momento; nos miramos, parada ella en el arco de salida hacia el jardín del fondo, y yo cerrando, por última vez, el picaporte vencido de la puerta del comedor, paradas ambas debajo del techo de crema del zaguán de las maravillas. Me hizo adiós con su manito pequeña y mientras un soplo de brisa le volaba el cerquillo lacio, comenzó los movimientos del ajedrez en las baldosas que casi yo no podía distinguir, como pidiéndome que me fuera. Como diciéndome que ella se quedaría por siempre a jugar allí, mientras yo debía de partir cerrando para siempre ese pasado que no era nada más que un espantoso presente de desolación, de desencuentros, de sinsabores.
Un zaguán que nadie quiso conservar y ella tampoco pudo porque no tenía la edad suficiente para usar el perfumero de su madre y no sobrepasaba en altura más allá del altor de la puerta antes del vidrio.
Me fui.
Salí y me vine.
Pero esa niñita saltarina con aires de princesa, sé que quedará para siempre en ese zaguán de los cinco sentidos.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Un hombre

El hombre arribó al cumpleaños que se celebraba.
El verano se iba despidiendo, regalando una noche, casi, perfecta.
El aire traía perfumes desde los rincones más escondidos, aromando en capullos de enredaderas tardías y un mar pleno de sal y arena tibia.
Desde el piso 13 la vista era espectacular.

Yo comencé a observarlo.
Era, decididamente, un hombre impresionante. Era, decididamente, un hombre que no encajaba en ese ahí y en ese ahora. Como si no fuese capaz de convivir con un "casi" que no alcanzaba esa perfección que el hombre quería entera.

Se le notaba una molestia que se reflejaba en un ser ansioso, recorriendo el lugar atisbando la noche, con la sociabilidad del compromiso, portando una sensación que no podía definir y era, esa sensación, la que le impedía celebrar el cálido momento.
La seguridad de sus gestos y su porte, enfundados en una impecable vestimenta, sólo se le debilitaba en la inquietud de sus manos y en el movimiento de sus pies, ostentando impecable calzado.
Calculé que podría tener entre 45 y 50 años; años muy bien acomodados en una elegancia profundamente masculina.
Desde donde yo estaba no podía saber si su piel desprendía algún perfume que armonizara con su estampa, pero sí desprendía seguridad, poder y dinero.

La gente reunida entrelazaba conversaciones, miradas a una luna chismosa que se había invitado, risas, alegrías, bromas, bebidas y comidas.
Una joven embarazada, iluminada con su panza de tambor, era el referente de los mayores comentarios, allí donde se arremolinaban los jóvenes intentando acertar el día en que asomaría al mundo la personita anhelada.
En un momento, entre el bullicio y los cuerpos, de rabo de ojo volví a ver al hombre.

Había cambiado tanto que comencé a observarlo otra vez.
Toda muestra de ansiedad había desaparecido y se encontraba, cómodamente sentado, desplegando una energía arrebatadora en una charla abundosa en gestos y con la perfección del momento desprendiéndole chispitas encantadoras por las pupilas.
Una jovencita era su interlocutora.
El juego de seducción que ambos desplegaban era, también, perfecto. Sin ningún "casi" de por medio.
Lo que se daban el uno al otro era digno de ser observado, tal la sintonía de emociones y sensaciones que centelleaban en cada gesto, en cada mirada, en cada risa, toda sinfonía de promesas.

El se iba tornando cada vez más hombre, no era necesario estar a su lado para saber que toda su piel despedía el electrizante aroma del cortejo, dejando caer en su justa medida la gota que lograría la alquimia.
Ella se iba tornando cada vez más mujer, aún en el intento de conservar esa ingenuidad con que mezclaba su lozanía y su encantamiento.

Me hubiese deleitado ver la magia de la pasión brotar, tan estridente, entre un hombre y una mujer si no hubiese sido que era mi esposo y en la panza de tambor se acomodaba nuestro nieto para nacer.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Bandolero

A Alfredo Cedeño por esencialmente humano.

Nos ha tocado un tiempo histórico ‘muy interesante’ para vivir.

Resultamos ya casi acostumbrados al devenir imparable de la violencia, el irrespeto, la intolerancia, la envidia y todo aquello que, de alguna manera, hace sucumbir la esencia de lo humano.

A veces siento que la tarea de los poetas, de los escritores, de los artistas, se asemeja a la de Sísifo.
Sin embargo, al beber de la copa de Camus reivindico entero el instante sublime de libertad que le atribuye en su desgracia, y hago eco de sus palabras: uno debe imaginar feliz a Sísifo.

Tenemos, eso sí, el fuego de Prometeo aún ardiendo en el tallo de un hinojo.
Tenemos, eso sí, ya por Epimeteo ya por Pandora, la esperanza en el fondo de la caja.
No es poca cosa.

Por eso, por el fuego, por la esperanza, por el instante de libertad en que somos felices, me abrazo a lo humano del hombre.

Por eso…

¿¡Cómo no quererte, gurisito bandolero!?

Si sos un adulto que le ganó a la vida el derecho de conservar los asombros de los niños.

Si sos un hombre que descubre, con la inocencia de su niño, una alegría nueva a diario.

Si sos un adulto que, con el alma pura de niño, desempolva encantos encantados en las rutinas gastadas y cansinas.

Si sos un hombre que, por no renunciar a la plenitud, aprendió a conservar la porfía de la niñez, esa que grita a los cuatro vientos el coraje de saber ser feliz con un dulce en los labios y una espada de madera en las manos, salvadora de princesas atrapadas en el lado oscuro de la luna.

¡¿Cómo no quererte, Alfredo Cedeño?!

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Pena

Agazapados entre las horas viven mis recuerdos. Podría decirse que son invasivos, aleatorios, fuera de mi campo de voluntad, que están esperando que me descuide para prenderse de cualquier cosa y salir a vivir un presente que, por presente, les es negado. Como no queriendo morir en la vacuidad el olvido.
A veces, un aroma los descuelga y caen, maduros, a reventar el hoy reclamando para sí ese olor.
Otras, un sonido los desgrana, estridentes aun en la suavidad del oído.
Un sabor.
Una textura.
Un algo mirado de rabo de ojo.

Antes los quería, aun tristes e impregnados de saladas humedades, pero hoy les he tomado tanta rabia que me peleo con ellos a los gritos.
Porque lo que quiero recordar no lo recuerdo. Porque cuando araño retazos de aquello que sé que fue y quiero traerlo hasta hoy, ya no lo siento.
De vos … ni los recuerdos me han quedado.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Una mujer

La luna es una simple prisionera.
Carece de luz propia y por eso se inventó ser el espejo del sol, que le presta su luminosidad y ella la devuelve tenue y espectral.
Carece de aire.
Carece de vida.
Carece de colores.
Sólo le pertenece el polvo gris y acre de los siglos.
Es fría de toda frialdad.

Sin embargo, la luna inspira ardores mucho más ardientes que el mismo sol.

Es la entelequia de los poetas y de los buscadores de asombros.

Es cómplice de los sonidos que desprenden las caricias amantes, de las humedades que hacen florecer los oasis, de los raptos de locuras extemporáneas que anidan en las arcanas sendas de los sentires, de los prestidigitadores que vuelven realidad las fantasías de la nocturnidad.

Y dentro de tan terrible paradoja, la luna se sonroja en azul casi sin comprender cómo es que los hombres ponen en ella su mirada y le adjudican tantas cosas hermosas, sin ser merecedora de tal majestuosidad.

Pero allá en su cara oculta, cuando las estrellas le enjugan su única lágrima, saben que ella llora de emoción, agradecida, porque un ruiseñor, a la medianoche, le cantó la más hermosa melodía en un poema donde la inventó mujer.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Panza de cobre


La noticia le cayó callándole la posibilidad de emitir palabra.
No la entendía ni por el momento ni por el lugar.
Estaba velando el cadáver absurdo de quien había sido su hermana del alma en la sala de la funeraria.

Luego de mirar y mirar el rostro enmarcado por la mortaja, atajando la impotencia que se volvía rabia incontenible, con los dedos aferrados a la impostergable madera del ataúd, había salido a boquear un aire que se negaba a entrar en sus pulmones.
No lograba comprender que esa personita cuya cara amarilleaba con los colores que la muerte, inconfundiblemente, elige cuando se lleva la vida, fuese la misma que el día anterior cascabeleaba el aire con su risa y desgranó melodías de esperanza con el tono de su voz.
Que se había suicidado, le avisaron.
Y en ese cúmulo todo preguntas sin respuestas, con el aire ausente del desconcierto, con la estupidez que dibuja el estupor en los ojos al reventar intempestivamente, intentó acomodar el dolor sentándose en uno de los miserables sillones de boca abierta que suelen poblar los coquetos espacios destinados a cobijar los coros mal disimulados de la muerte.

En ese momento y en ese lugar le cayó la noticia.
Era heredera de todo lo que hubiera dentro de la casa.
Estupor más estupor, cese de las funciones intelectuales y acentuación notoria de la idiotez en el rostro.

Aurora y ella habían sido hermanas, de esas que uno elige en la vida.
Aurora era una joven mujer que, por cosas de las circunstancias, poseía una excelente situación económica. Tenía muchas propiedades y cofres y cuentas bancarias. Todo fue para su familia. Menos la intimidad de las cosas de su casa.
Aurora tenía dos hermanos de sangre que vivían en otro país.
Aurora tenía una vida y, pensando en la muerte, había hecho testamento.
Aurora quería ser cremada y que sus cenizas fuesen arrojadas, desparramadas, liberadas, en una playa lamida por el Río de la Plata dónde, tiempo atrás, Aurora había hecho un manto arco con las cenizas de su esposo.
Aurora se había llevado todas las respuestas.

Esperada fue la actitud que asumió la familia cuando le cayó, a ellos, la noticia.
No quedaron mudos.
Recelo, indisimulada bronca, miradas de rechazo; todo justificado por lo que consideraban la usurpación de una advenediza.
Gritaron atacando con amores, dizque, venían desde los genes compartidos.
Gritaron atacando con poderes, dizque, tenían por sangre.
Gritaron atacando con el argumento de los afectos, dizque, sólo podían sentirse entre hermanos consanguíneos.

Pero ella siguió callando.
Consideró, sintió, creyó, necesitó, no andar justificando el amor fraternal e inmenso que las había unidos como hermanas del alma.
Pensó en lo que Aurora le había legado y lo encontró tan inmenso, lo sintió tan inasible que, a pesar de existir lo material, en definitiva no tenía un precio que los hombres le pudiesen poner con monedas.
Le había entregado su intimidad más profunda.
Esa que todos vamos construyendo y, necesariamente, debemos tener para poder compartirnos con los otros.
Esa a la que nadie accede porque es la que nos rescata como personas en esta vida y, de alguna manera, cuando morimos dejamos a la intemperie para que la cubra, pudorosamente, quien nos sucede.
Esa que el alma va formando de pequeñas grandes materialidades tangibles que cuando morimos, la deja desnuda a los ojos de quienes quedan custodiadores del tesoro más arcano e intransferible de cada uno.

Los consanguíneos continuaron gritando y, mientras tanto, fueron robando en una rapiña voraz, todas las cosas materiales que quisieron.

Ella continuó en silencio.
Silencio con el que acompañaba a su hermana del alma muerta.
Alguien le avisó que Aurora había sido cremada.
La imaginó, entonces, liberada de su urna de cerámica en alguna tarde de canela, tan canela como su piel, yendo al reencuentro que los vivos imaginamos para los muertos, inventándonos un cuento que nos permita ilusiones para las respuestas que no tendremos jamás.

Dos años después, por esas cosas de los papeles y de los jueces, ella tuvo, debió, concurrir a la casa de Aurora para confirmar un inventario.
Enfrentada a la situación, el largo tiempo se le volvió un ayer inmediato al mirar aquellas cosas que la casa blanca, deteriorada y capturada por las arañas y las bisnietas de las arañas, aún conservaba después del saqueo de los afectos de sangre.
La pequeña escultura de la amistad, de la que tanto habían hablado cuando Aurora la puso sobre el vidrio de la mesa ratona del living, la saludó trayendo un recuerdo fresco.
La mesa y las sillas del estar la recibieron, casi dibujando las siluetas sentadas, con las tantas y tantas veces compartidas entre café, cigarrillos, lágrimas y risas, planes y ganas de comprender la vida.

Iba tildando las cosas del inventario con mecánico desgano.
Estaba escrito: 1 fonduera de cobre.
Ella la miró, allí todopoderosa coronando el mueble, y recordó momentos que tenían a la mencionada fonduera como centro de las vivencias con Aurora y los amigos.
Una sonrisa se le comenzó a dibujar, como si las memorias gratas se le fueran acomodando a flor de labios y, de la mano de una emoción recóndita, atravesó la pegajosa tela de una arañita que vivía en el pomo de la tapa y la abrió.
Quizás pretendiendo liberar el último recuerdo que moraba en el fondo de su panza de cobre.

Pero liberó, otra vez, el horror del estupor.
No estaba el último recuerdo, estaba la última forma de Aurora.

Contenía las cenizas encerradas de Aurora.
Y una placa, de bronce, donde constaba la fecha del otoño cuando había sido incinerada, dos años atrás.

Sus consanguíneos violaron la intimidad que ella no había querido entregarles y resolvieron incumplirle, negándole la última libertad, dejándola encerrada en una panza de cobre.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Metal y madera


Soy un sinfín de preguntas, una calesita de respuestas inventadas a pura lógica que, a veces, no coinciden.

Tengo respuestas a preguntas que aún no me he hecho y preguntas para las cuales no encuentro la respuesta.

Así, como mezclado.
La razón y los sentimientos.

Entonces voy y vengo desde y hacia los mismos lugares. La única ventaja es que para ello, suelo recorrer caminos diferentes.
La partida y la llegada son las mismas, pero voy conociendo caminos a fuerza de ir andando.

La vida es de metal, pero es maravillosa.
Los arcanos dan la esencia en las cosas más sencillas, esas que tenemos siempre por delante y nadie se detiene, un segundo, a ver. Y para verlas y que el alma se te encienda de luz, basta menos de un segundo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Secreto



Quiero contarte un secreto hoy para que mañana, cuando seas grande y la tristeza te agüe en las pupilas, no pierdas la esperanza.

Con el pasar de los años, a medida que le gambeteaba los cascotazos a la vida, se me empezaron a perder las risas.
De pronto me di cuenta que se me iban acabando y, a veces, pasaban días sin que la magia redentora del reír saltara por mi alma y me renaciera el cuerpo.
Entonces me puse triste.
Pero después me dije que tendría que buscarlas de alguna manera.
El tiempo pasaba siempre buscando yo, aunque fuera, una risa cada tanto. Pero una risa en serio, una risa de verdad, esa que te brota espontánea cuando te hacen cosquillitas muy adentro y se te explota la vida en un sinfín instantáneo de buenaventura.
Cada tanto la encontraba, me ayudaba tu mamá. ¡Y era tan feliz cuando lo lograba!

Un día me puse a pensar donde se habrían marchado esas risas, que antaño, solían poblar mis días y hasta mis noches de soñar.
Creí que era el destino de todos, que con los años y de tanto andar, se nos olvidaba el reír por mucho aprender a resistir.
Entonces lo acepté así y, todos los días, me pasaba acechando las horas para encontrar una risa.

Sin embargo hoy, cuando iba ya degustando mi enésimo reír, cuando sentí que el adentro se me desbordaba en tibiezas que me rellenaban los agujeritos del alma, me di cuenta que vos habías encontrado todas mis risas perdidas.
Y, además, me estás inventando risas nuevas, tan hermosas, tan llenas de mariposas, tan descubridoras que me has enseñado, a esta altura de mis años gastados, a reír desde el alma con el cuerpo entero.


Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Miguel Hernández.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Tango


Me alegro de verte y, sobre todo, de que hayas venido.
No te ofendas, pero siento que si hasta acá llegaste es que necesitás algo de mi. Así que antes de que me lo pidas, permitime decirte algunas cosas.

En el tiempo de una lágrima me pregunté millones de veces qué podía haber hecho para merecer tu indiferencia.
Yo fui leal contigo, por afecto y a conciencia. Transitaste caminos que te llevaron al infierno porque vos solito los quisiste recorrer. Nadie te obligó. Y yo estuve, todo el tiempo, yendo hasta los bordes de tu averno empapándome el alma de aullidos trashumantes sin abandonarte jamás. Fue una noche enorme de sombras tan largas como el dolor. Te convertí en motivo de mi abnegación.
Así, aprendí a quererte.
Así, te brindé lo más precioso que tenía, más allá de lo contante y sonante.
Así, queriéndote a contrapelo de la historia, te recibí cuando, por fin, pudiste desandar el camino y volver. Cuando todo presagiaba que llegaría el momento en que comenzaras a tocar el cielo con las manos.

Ya después nos pasó la vida, vos por tu lado y yo por el mío.
Entonces, me imaginé un cuento tierno de bondades y rescates, de luchas y triunfos, de ternuras y posibilidades, fraternal, poderoso, cuasi invencible. Y de tanto contármelo, mecí mi cuna de recuerdos y me dormí con él.

Cuando las vueltas de las circunstancias me llevaron a mí al infierno, en una escapadita burlona a mi discapacidad, corrí hacia vos buscando tu amparo y tu refugio. ¡Es tan humano actuar así! ¡Si yo te consideraba un hermano!

Tu negación cercenó el gesto, mutiló, cruelmente, una posibilidad de esperanza. Mató.
Yo sigo en el infierno. Es penoso salir de él en soledad. Vos, mejor que nadie, lo sabés.

Así que disculpame si no puedo ser de mucha ayuda. Toda la energía se me desparrama en el intento de sobrevivir. Pero sé que vos, con tu misericordiosa entrega a los caminos de Jesús, vas a poder comprender.
Pero decime, hermano, ¿qué andás necesitando?